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en toda ventana hay un duelo

Foto del escritor: Celia Madroñal
Celia Madroñal
22 ene 2025
3 min de lectura

el perro semihundido de goya
el perro semihundido de goya

Guardo en mi memoria unos pedazos de papel de película, ya gastados y oscurecidos por el tiempo, que mis abuelos cuidaban dentro de una caja de costura. Cuando era una niña pensaba que era un cofre del tesoro, que las caras tintadas de marrón que se veían si colocabas la tira en la ventana iban a descifrarme los secretos mejor ocultados de esa casa bañada en cal y protegida por hilos de adelfas rosas. Lo guardaban en una estantería alta a la que mis manos diminutas nunca podían alcanzar, aunque llegó un día en el que tuve la suficiente fuerza como para levantar una silla. Esa tarde en la que Concha Velasco presentaba Cine de Barrio yo sostenía la secuencia de imágenes y otros objetos frente a las gafas redondas de mi abuela María, que me regañaba porque en casas ajenas no se debía presentar el cotilleo ni tampoco hurgar en cajones de muebles antiguos. Asentí con la cabeza agachada, porque a pesar de tener el pelo rubio y rizado como ella, nunca fui tan traviesa como la Celia, lo que dice, en el mundo, en el colegio o novelista escrita por Elena Fortún por la que mi madre me bautizó con este nombre.

Pero aquí no hay un único libro de familia, ni una única niña atrapada por la curiosidad. Esta anécdota reside en las ruedas de un tren que chocan contra las vías a las dos de la tarde en el norte de Madrid. Desde algún altavoz avisan de las obras de mejora de alguna línea y por el cristal se ven palacios que parecen hechos de cartón piedra que albergarán alguna ruleta para ludópatas. Pienso en ese rollo de película y en la cámara desechable que mis amigas y yo compramos hace unas semanas entre todas, mientras que en el exterior del transporte se alzan edificios cada vez mas altos que disparan un humo capaz de convertir el día más nublado de lo que está y estropearte el pelo por la polución. Van quedando atrás los charcos y las piscinas ya verdes, porque Madrid se ha vestido de otoño y no queda tiempo este año para enfriar las rodillas en el agua. Los balcones se vuelven pequeños se juntan y se abrazan aparecen rascacielos y viene a mí todo un año, dos o tres. En todos esos agujeros translúcidos habrá alguien con toda una vida. Y en toda ventana hay un duelo.

Me pregunto cuantas cajas hay guardadas en armarios de madera, comidos por las termitas o enterrados en polvo. Cuantos vestidos de boda, blancos y radiantes, han pasado a ser una prenda más colgada de una percha de plástico o han deseado verse quemados en una hoguera de San Juan. Trajes, corbatas grises, rojas y verdes, postales de Navidad con fotos de tus primos, una nota escrita en un cuaderno que luego pegaste en tu diario y un libro con dedicatoria jugando a camuflarse en la estantería junto a diccionarios y la edición especial de la novela favorita de tu padre. El colgante que heredaste y el que te regalaron cuando cumpliste dieciocho. Y todo ha pasado por manos arrugadas, o con las uñas pintadas con una francesa, o por bolsas de la compra que han pasado por tantas ventanas, tantas vidas que se han cruzado, y durante tan escaso y doloroso tiempo.

En el intervalo entre unos y otros te ves desde fuera, mirando hacia el frente como esperando que vuelva a aparecer, que de alguna señal de que ahí está, que no se ha marchado a ningún lado y que el camino de tierra por el que te has paseado durante tanto tiempo no ha girado hacia ninguna otra dirección. Atascado esperando, como el Perro Semihundido de Francisco de Goya que corona la sala de sus pinturas negras en el Museo del Prado, del que nunca sabremos si ruega a su dueño o reza para volver a escuchar la caída del pienso en el cuenco de metal. Pero todo es un completo silencio del que nadie tampoco se puede enterar aunque desees hacer lo dicen en las consultas y lo dice Aurora Luque desde la poesía: exagerar la sensibilidad.

Esto el resultado del desahogo involuntario de muchas personas. Y quiero que sea tuyo tanto como es mío y de tantas ventanas. Un punto y final convertido en fotografía guardada en caja de costura, en la curiosidad de una niña que volverá a encontrarse con otra historia. Preguntará en casa por esa persona que no conoce y que todos los domingos envuelve en un abrazo al que haya permanecido. Y ese día acabará como el soldadito de plomo, convertido en ternura.

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