Transgresión, Dolorosa

Ver para creer (en Dios, en el arte, y en el pop)

En el afán de enseñar a leer los textos sagrados de las artes, el francés Jean-Auguste-Dominique Ingres coronó a Homero en 1827. La Victoria alada coloca laurel en su cabeza mientras recibe alabanzas de autores clásicos y otros aún inimaginables. En una esquina, Shakespeare asoma la cabeza, y así es como este pintor francés intenta dar una lección sobre la técnica absoluta. Señaló con el dedo, en escozor, a todo joven que se convertía al dramatismo y tempestad que se acercaba con lo romántico. Delacroix, a su más puro estilo como diría Rigoberta Bandini, le desafió a tal punto que fue esculpido como un escándalo y retirado de las salas. Despreciado por los grandes a raíz de su interpretación de la Muerte de Sardanápalo, ahora es recordado como uno de ellos y uno de los pintores más importantes del Mundo Contemporáneo.
Cuando pienso en Delacroix -he de decir que no he indagado mucho en él hasta el Lunes tras una clase de dos horas- pienso en Rosalía. En sus uñas, en su pelo, en Malamente, en el capirucho montado en un skate. En el desprecio de algunos, ‘por manchar el flamenco’. Pienso en Camarón, que también manchaba, en Martirio y muchos otros más que pringaron el pan en la salsa y jugaron con lo que había encima de la mesa.
Muchas veces he sentido -y creo que es algo universal, la verdad- que la sociedad está condenada a retroceder en algún momento. El arte es tan cambiante porque está ligado a las ilusiones, a lo político, a la motivación o a la falta de ella. Del Románico al Gótico y del Neoclasicismo a lo romántico, hay una necesidad detrás de comprender por qué estamos aquí, cuál es el sentido de todo lo que estamos experimentando. El auge de lo tradicional en estos últimos años, para mí, se debe a la necesidad de pertenencia dentro del individualismo, si buscamos una reflexión que mire un poco más allá del peligroso sentimiento ultraderechista. Y mientras nos volvemos a alejar de los retratos hiperrealistas, nos acunamos en un nuevo costumbrismo, en la música popular y en una contemporaneidad que rinde homenaje a la mantilla, los claveles y alguna que otra jota. Transgredir es una palabra complicada, porque significa hacer daño. Y muchos piensan que, añadiendo lo que ahora conocemos a las cosas de antes, el dolor se hace visible. Pero la transgresión también es una provocación hacia el cambio y la evolución, y entre estas dos vertientes, me quedo con la segunda.


Considero que hay lugares en los que es más fácil introducir esta palabra que en otros. Artes que lo ven cada día, como la moda o la música. Pero hay una esquina apartada que pocos se atreven a tocar, como si una vez trazada una línea entraras al infierno que pintó el Bosco en el Jardín de las Delicias.
Va más allá de la técnica o de las corrientes. El arte sacro debe invitarte a arrodillarte ante él, aunque no creas. Es por eso que me parece tan complicado: dentro de una imagen no hay solo madera y policromado. Hay una carga espiritual y emocional buscada, cuya intención es atraparte como un imán, para que desde esa obra pueda verse a Dios. Y como Dios está ahí, parece imposible cambiar la imagen que se le dio durante el Barroco y que tanto ha marcado la vida tradicional de este país. Una imagen que evolucionó hasta llegar ahí y que por ello debería seguir evolucionando. Tampoco podemos hablar únicamente del S.XVII, también del anclaje a los primeros años del siglo pasado o incluso a su mitad. No os voy a mentir, yo soy la primera a la que se le cae la baba cuando un vestidor recrea una fotografía del siglo XX en una Dolorosa de vestir, y delante de mí hay expertos, historiadores del arte y otros católicos -o no- con la boca más abierta que la mía. Pero son formas y estilos que también vivieron el cambio y que ahora algunos quieren dejar estáticos, cuando la adaptación a los tiempos es inevitable. Por eso admiro a quienes ven a Dios en lo más terrenal, en el pop y en la cartelería de los comercios.
Son muchos los ejemplos: las láminas del artista malagueño Lazarus, la portada de este artículo, de Juaca Pérez, o el documental ¡Dolores, guapa!, que muestra el legado cofrade en el colectivo LGBT. La presencia de las marchas en canciones de Califato 3/4 o C. Tangana, la diferencia entre Zamora, Murcia y los contrastes en la erróneamente generalizada Andalucía son la prueba de lo libres que somos por aquí y cómo somos capaces de preservar desde la innovación, buscando lo divino dentro de lo que consumimos habitualmente. Aunque a algunos les cause dolor una vaquilla en una estampita, más dolor causa la intolerancia, y más dolor causa la guerra. Y el arte, gracias a Dios, no es intolerante y su único delito es derribar algún muro de vez en cuando. Así que seguid provocando e innovando, subiendo marchas a Spotify y sacando al Cristo con banda de música, que mientras vosotros veis a vuestro Dios en los recovecos de la sociedad actual, ellos solo están mirando a su propia frontera: el ombligo.
P.D: El cartel de la Macarena de este año no solo es completamente adecuado, también es pop.


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