el museo de las relaciones rotas


Zagreb en septiembre. Cerca de la Iglesia de San Marcos, esa con tejas azules, rojas y fachada blanca. En edificios tostados, calles vacías sólo pobladas con adoquines, algún que otro bar y tiendas para turistas con imanes y camisetas de la selección croata. Entre esos laberintos, túneles de la guerra y grúas que reconstruyen lo que un día agrietó un terremoto, hay un museo.
Es una galería teñida de blanco, moderna, como las cafeterías de especialidad que ponen tu desayuno a 8 euros la bebida, un espacio que parece haber avanzado en el tiempo mucho más rápido que la ciudad que habita. No tiene cuadros, ni esculturas. Sí que guarda una puerta entera, un vestido de novia que huele a cerrado, algún juguete sexual. Supongo que para venir aquí algo tiene que traerte. Incluso en unas vacaciones, no puedes escaparte de lo que ha pasado cerca de casa, todo aquello que permanece contigo y no desearías poseer. Vas sin que realmente te apetezca en exceso, porque prefieres no sufrir, las películas en las que no pasa nada, los libros donde la vida parece más fácil, las actividades ‘para no pensar’ con las que dar al botón de apagar de vez en cuando. Pero sin embargo ahí estás, has convencido a tus cuatro amigas y subís una cuesta, pagáis vuestra entrada y salís en silencio porque no hay mucho que decir. Se ha hecho de noche mientras que estabais dentro, y no os habéis dado cuenta porque no hay ventanas en el Museo de las Relaciones Rotas.
El pasillo es estrecho. La luz da una sensación de frialdad que te hace cuestionar si realmente es el entorno en sí lo que provoca el estremecimiento, la búsqueda, en vez de las historias. Entre ellas, la de sus creadores, que no podrían faltarle el respeto a la obra que habían construido sin haber colocado ellos el primer ladrillo. El museo nace a partir de dos personas que compartieron la misma luz blanca, de hospital, incómoda en una habitación de un piso compartido. Me estoy inventando la mitad de su historia, sí, pero lo que es realmente cierto es que podrían haber llorado hasta deshidratarse -probablemente lo hicieran- y dejar la caja de recuerdos escondida en el desván. Pero decidieron sacarla al mundo, darle vueltas y vueltas y vueltas alrededor de ciudades y países que opinaron, tocaron y compraron recuerdos sobre ella. Cuando estuve allí, pensé en lo romántico e idílico que sonaba aquello. Ahora, meses después, creo que nunca sería capaz de hacer algo así. A pesar de que no me resulta complicado explayarme sobre algunos detalles de mi débil existencia, me he dado cuenta en últimas reflexiones que no se me da bien escribir sobre el amor.
Claro que escribí en el libro de recuerdos, la obra final, las páginas que me pasé mirando -por qué no decirlo, cotilleando- los últimos treinta minutos que permanecí en el museo. Claro que escribí sobre cosas que sentí y que ahora no siento, claro que volvería para dedicarme a tachar nombres, borrar las huellas de mi presencia allí. Me pregunto si alguna persona se arrepentirá y llamará para ir a recoger sus cosas. Me pregunto si la chica que se pasó llorando detrás mía toda la exposición piensa en el chico con el que rompió justo antes de que yo cogiera el bolígrafo, acercando el libro hacia mí. Me pregunto si le sirvió formar por un momento parte de ese espacio, de esa obra tan grande, para convertirse allí en otro duelo. Y si los dueños de esos objetos ven un alivio tener todos esos cachivaches lejos de casa, donde no puedan molestar. A mí me cuesta un poco más olvidarme de las cosas y por eso no escribo sobre ellas. Alimentan que las siga apretando. Por eso ahora, que tengo amor metido entre mis dedos, deseo no tener que volver allí, narrar o pensar. Nunca más con esa cuerda estrujándome la garganta. Quizá cuando sobre esto se trata, sea la primera y última vez que pido no formar parte de la cultura ni de la sociedad.


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